Al dirigirse de nuevo hacia su casa, se da cuenta de que sólo sabe poco de las cosas que ayudan, y que le es dificil transmitírselas a otros. Demasiadas veces le ha pasado lo de un hombre que sigue a otra bicicleta, cuyo guardabarros golpetea.
Le grita:
-¡Eh, tú! ¡Tu guardabarros golpetea!
-¿Qué?
-¡Tu guardabarros golpetea!
-¡No te entiendo! –responde el otro-. ¡Mi guardabarros golpetea!
Algo ha ido mal aquí, piensa. Luego pisa el freno y da la vuelta.
Poco después, pregunta a un maestro anciano:
-¿Como haces tú cuando ayudas a otros? Muchas veces vienen a verte personas, pidiendote condejo en asuntos de los que sólo sabes poco. Pero despues se encuentran mejor.
El maestro le dice:
-No depende del saber, si uno se para en el camino, y no quiere seguir adelante. Porque busca seguridad donde se pide valor, y libertad, donde la verdad ya no le deja elección. Y así va dando vueltas. El maestro, sin embargo, resiste al pretexto y a la apariencia. Busca el centro, y allí recogido espera –como uno que extiende las velas ante el viento-, si acaso le alcanza una palabra eficaz. El otro, al acercarse a él, lo encuentra allí donde él mismo tiene que llegar, y la respuesta es para ambos. Ambos son oyentes.
Y aún añade:
-El centro se distingue por su levedad.
Bert Hellinger, "El centro se distingue por su levedad", Herder




















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